Antecedentes

Revolución Senior: la próxima batalla inclusiva por Sebastián Campanario

Es la última discriminación socialmente aceptada y, a diferencia de militancias como la de género, aún hay poca conciencia y mucho prejuicio. Por qué en el futuro será distinto

Entre actividades en la universidad, en empresas y en organizaciones sociales, la agenda de Mercedes Jones, socióloga de 71, no es menos intensa. Jones estudia cómo la sociedad moderna estigmatiza, con valores sumamente negativos, a la gente adulta. Comenzó a interesarse por esta agenda en los últimos años de su madre, que falleció a los 96. “Veía cómo la acompañaba a un banco y me hablaban a mí, o cómo se dirigían a ella como si fuera un bebé, cuestiones que si uno lo piensa son sumamente ofensivas (cuenta la socióloga).

Tenemos en la Argentina un paradigma de la vejez que atrasa siglos, lleno de falsos conceptos, y se trata de la última discriminación socialmente aceptada, porque al contrario que en otras batallas inclusivas como la de género, aún hay poca conciencia sobre este tema”. Ni siquiera, agrega Jones, reconocen el problema las propias personas adultas, las víctimas excluidas: tan profundo caló este estilo de pensamiento que se conoce como viejismo o edadismo (la discriminación por edad).

ESTAR CÓMODO EN LA INCOMODIDAD DEL CAMBIO

Primero, se trata de poner pasión. Descubrir el propio deseo y el rumbo a tomar. Después,  un nivel de actualización extremo: hay que ser hábil, ágil para la adaptabilidad. Tener registro de para donde va el mercado y entender sus reglas de juego, para saber qué aportar. En ese sentido, se necesita recurrir a la creatividad y la innovación para buscar la diferenciación, cual es propio valor agregado, siempre mirando hacia adelante.

En el proceso de reinvención, el profesional debe hacerse visible y transmitir empleabilidad al mercado, adaptando sus capacidades a las necesidades externas y demostrando que tiene potencial de aprendizaje y adaptación. Se trata, en definitiva, de alimentar la empleabilidad. Somos animales de costumbres, vamos siempre a lugares conocidos y nos relacionamos con la misma gente, y eso va en contra de la reinvención. La red de contactos que vale hoy es la que nos da información nueva pero no necesariamente oportunidades laborales. Es esencial formar grupos y contactos de diferentes disciplinas.

ABRAZAR LA MADUREZ DISRUPTIVA

Antes; la palabra disruptivo no era bien vista, y el ser disruptivo era el probar desde lo diferente. Asumir riesgos y atravesar varias fronteras, animando a otros a hacerlo también. Hoy se necesitan líderes disruptivos, que puedan jugar sin red.

La neuro plasticidad y la creatividad tienen que ver con cómo se adapta el cerebro al ambiente y a los nuevos conocimientos. La memoria cristalizada habla de hacer jugar la experiencia además de los conocimientos. En un proceso de reinvención, se debe ir con equipaje liviano porque ya no juega lo acumulativo. Es una valija en la que continuamente se le pone y saca equipaje, en un proceso continuo de aprender y desaprender.

BUSCAR NUEVOS ROLES

Las empresas empezaron a repensar sus propios límites mentales que tenían en cuanto a los planes de desarrollo de carrera y comenzaron a flexibilizar algunos requerimientos en cuanto a la conformación de equipos. Ya estamos hablando de vivir 100 años y, en un futuro, veremos con mayor naturalidad que haya profesionales con más de 70 años, aportando su valor en las organizaciones, tal vez ya no como directores o gerentes de corporaciones, pero sí ocupando lugares de formar managers, coaches o mentores de nuevos ingresantes

Las organizaciones requieren aprovechar la experiencia y casuística de los mayores de 50, sin perder la dinámica y modalidades características de este tiempo.

La diversidad tan buscada por las organizaciones también tiene una dimensión etaria. Pero es necesario que esa persona mayor a 50 no mire hacia el pasado con nostalgia sino como una sólida base para proyectar el futuro.

La formación permanente ayuda a generar esa perspectiva, porque nos recuerda que lo único permanente es el cambio.

Parece entonces que reinventarse no será cuestión de actualizar los conocimientos  solamente.

Esta nueva etapa se encontrará estrechamente ligada a la exploración y la indagación de nuevas fronteras personales y laborales.

Con la mirada puesta en el futuro, habrá que analizar si las experiencias con las que uno viaja podrán o no conectar a las nuevas demandas del mercado.

Y, si no es así, habrá que saber desprenderse de estas como quien renueva su vestuario y sale a buscar nuevas.

La crisis, en definitiva solo podrá ser transitada en la incomodidad del cambio.

En la Argentina, más de un cuarto de la fuerza laboral tiene más de 50 años, y ese porcentaje se incrementará en forma empinada en los próximos años, afirma el economista Ergasto Riva, de la dirección de Estudios Macroeconómicos y Estadísticas Laborales del Ministerio de Trabajo. Por estructura demográfica, la Argentina es uno de los países más viejos de América Latina. En un trabajo titulado Jóvenes con mandato cumplido: la inserción laboral de los mayores de 50 años, Riva advierte que, si bien la parte de los adultos mayores de la pirámide demográfica se está ensanchando, hay una mayor propensión en este segmento etario a dedicarse al cuenta propismo.

Es que mientras que los avances medicinales están ampliando la posibilidad de vivir más décadas en condiciones saludables, las empresas y el Estado, por una cuestión de costos y de prejuicios, multiplican sus barreras de discriminación para mayores de 50.

Según un trabajo de la consultora Candexar, a nivel local más de ocho de cada diez búsquedas laborales excluyen explícitamente a los mayores de 45 años.

Para el economista estadounidense Tyler Cowen, el desafío y el potencial de los trabajadores adultos es un fenómeno de una entidad macroeconómica mucho más relevante que el eventual reemplazo de empleados por robots, un escenario con más prensa y repercusión en el debate público

Pero el edadismo no se limita al mercado laboral, y abarca un abanico de flancos que van desde los concursos y las notas sobre 30 innovadores sub-30 (y ninguna de 50 post-50), el discurso estereotipado de los medios sobre los abuelos y abuelas y la falta de experiencia (global) en políticas públicas para apoyar y reconvertir a trabajadores de mediana edad, señala el economista del Banco Mundial Rafael Rofman. Todo con un agravante: la conversación sobre creatividad y emprendedurismo también tiene un punto ciego cuando se trata de entender y hablarle a las y los mayores de 50 reales. El campo de la innovación, supuestamente el motor de la nueva economía, está entre las áreas que más discriminan por edad.

Cuando tenga 64

¿A qué edad se considera que una persona es vieja? Un físico inglés compiló miles de respuestas y concluyó que el promedio de percepciones equivale a la raíz cuadrada de la edad propia multiplicada por 8 (24 para un chico de 9, 48 para uno de 36, etcétera). Increíblemente, en este estudio, percepción y realidad (la edad propia a la que uno considera que ya es viejo) convergió a los 64 años, como en la canción de Los Beatles.

Para Inés Castro Almeyra, que viene investigando el universo senior y dirige la plataforma NAU experiencias compartidas, sobre esta temática, señala que en la Argentina hay seis millones de mayores de 60 años que no responden a un perfil típico, sino que existe una enorme diversidad de trayectorias de vida y capacidades. Este es un primer foco de prejuicios: en el imaginario común, un adulto de 90 es muy similar a uno de 70, algo tan absurdo como pensar que un chico de 10 es igual a una persona de 30, o una de 20 a una de 40.

Y mientras que la vejez se asocia a valores negativos como la enfermedad o la dependencia, más del 70% de los 60+ son autoválidos. Se los considera en retirada, cuando la mitad de adultos mayores remarca que quiere dar, aportar, participar, y mencionan las pocas oportunidades que se les da en este sentido. El prejuicio común indica también que los abuelos son más felices si viven rodeados de sus nietos. Otra mentira: los peores niveles de satisfacción se dan en hogares multigeneracionales, y las mejores condiciones cuando viven con un coetáneo. Tampoco es cierto que tiendan a organizar programas con gente de su edad: más del 85% no participa de clubes ni de centros de jubilados.

La denominada economía de la felicidad demostró que el ciclo de vida del bienestar emocional tiene forma de U: es elevado en la juventud, alcanza su punto más bajo entre los 35 y 50 años (depende del país) y luego vuelve a subir. Los mayores de 50 no solo son más felices que en décadas anteriores, sino que además tiene un mayor poder adquisitivo, ya sin gastos en hijos pequeños. En la Argentina, a pesar de las bajas jubilaciones, el flagelo de la pobreza está mucho más concentrado entre los menores de 12 años.

La era de los perennials

En los Estados Unidos, los mayores de 50 años son responsables de más de la mitad del consumo y tienen más del 70% del dinero. Sin embargo, es raro que los creativos de las agencias de publicidad reciban un brief de una marca que describa a sus consumidores como mayores de 40, señala Fernando Vega Olmos, uno de los creativos más renombrados de la Argentina, que reside en España y encabeza la agencia Picnic. Apenas 10% de las acciones de marketing consideran a los adultos mayores.

“Los datos son abrumadores acerca de la influencia que están teniendo los mayores de 50 años en todo el mundo; es la gente que más dinero ha acumulado en la historia de la humanidad (cuenta Vega Olmos). Se estima que manejan 15 mil millones de dólares, están dispuestos a usarlos y nadie les ofrece nada. Salvo jugar al golf, hacer cruceros con camisas hawaianas y tragos tropicales con pajitas-palmerita y asegurar dentaduras con Corega”.

El creativo cree que las marcas deberían empezar a cultivar un marketing de la diversidad, en donde ya el género, la edad o el color de piel no definen a nadie, sino su actitud. Más que en los millenials o los centennials, las compañías deberían empezar a hacer foco en los perennials, dice Vega Olmos.

En una reciente visita a Buenos Aires, para participar de la reunión anual de las asociación de Agencias de Publicidad, el creativo Robert Hoffman, editor del blog The Ad Contrarian, contó que mientras que en los Estados Unidos un 42% de la población tiene más de 50 años, en las agencias de marketing el porcentaje baja al 6%, y es cercano al cero por ciento en los equipos creativos.

“La realidad es que hay muy poca creatividad e innovación para el desarrollo de productos y de servicios para seniors, salvo en el sector médico/terapéutico”, agrega Castro Almeyra. Las sociedades latinas valoran envejecer en su casa, y hay escasa oferta de dispositivos dedicados a mejorar la calidad de vida de este segmento (por ejemplo, muebles de cocina diseñados para que no haya que agacharse demasiado o subirse a algo para acceder). “Hay creativos que sostienen que si el diseño funciona para la capa adulta, funciona para todos. Y con esa lógica se podrían diseñar ciudades. Hay muchas cosas pensadas para adultos que también sirven para niños, embarazadas o personas con discapacidad. No quiero decir que las necesidades sean las mismas, pero hay cuestiones que pueden cubrir muchos grupos sociales si se encaran desde una perspectiva senior: transporte, accesibilidad, espacios verdes, tecnología, etcétera”, completa la titular de NAU.

En EE.UU. se espera que la cantidad de adultos mayores se duplique para 2050: es por lejos el nicho etario de mayor crecimiento. Este mercado, tradicionalmente desatendido, “está promoviendo una suerte de nueva fiebre del oro (analiza Daniel Silverman), experto en comercio electrónico de la firma Clavis Insight, ya sea una fábrica de secadores de pelo o una empresa de telefonía, todos están pensando cómo satisfacer las demandas de una población de mayor edad”. Desde Best Buy, que compró recientemente GreatCall, una empresa que vende teléfonos amigables con los 50+ (con pantallas y teclas más grandes), en 800 millones de dólares, hasta Gillette, que lanzó una línea de afeitadoras para pieles mucho más sensibles y que permiten que un tercero ayude con la afeitada.

Alex Contreras y sus socios tienen 95 proyectos de startups (empresas que nacen desde cero) en su incubadora. En el último año, cuenta a LA NACION revista, todas las iniciativas que saltaron a su fase superior (de salida al mercado) fueron dirigidas e ideadas por emprendedores de más de 50 años. “Valoramos la experiencia, el conocimiento del mercado y el carácter, que no es lo mismo que la pasión (marca Contreras). Tampoco le damos tanta importancia a ser nativos tecnológicos, esa es otra falacia que generalmente no tiene que ver con el éxito de un negocio”, agrega.

La selección etaria de Contreras va al corazón de otro prejuicio que afecta a un punto medular de la agenda de innovación: que los emprendedores que se animan a tomar riesgos son en general personas jóvenes.

Escrito por los académicos Pierre Azoulay, Benjamin Jones, Daniel Kim y Javier Miranda, y publicado por el NBER. La investigación destruye el estereotipo de joven emprendedor arriesgado, varón, agresivo; construido a partir de un exceso de cobertura sobre las trayectorias de los fundadores de Google, Facebook, Apple y Microsoft. Con una muestra de miles de casos, el paper halló que la edad promedio para un fundador de startup hoy está en 41,9 años; en tanto que en el caso del 0,1% de los emprendimientos más exitosos, ese promedio trepa a 45 años.

Según Nesta, la agencia de innovación inglesa, para los emprendimientos liderados por 50+, la tasa de supervivencia de más de tres años es del 70%, contra el 28% de los emprendedores más jóvenes. En otro reporte reciente, la fundación Kauffman y el Global Entrepreneurship Monitor (GEM) hallaron que, “contrario a la percepción generalizada de que el emprendedorismo es un campo para los jóvenes, el segmento etario con mayor actividad emprendedora es el senior”.

“Hay una gran oportunidad, sin duda muy relevante en la Argentina, que está lista para ser activada ni bien nos animemos a derribar algunas barreras”, cuenta María Mujica, especialista en creatividad y, según Fast Company, una de las personas más innovadoras en América Latina. Mujica viene impulsando la agenda de emprendedores 50+: “El obstáculo más grande es cultural. Es mirar a esta generación en modo retirada. Es asumir que, por la edad, la apertura al riesgo a emprender y las energías ya no están”, agrega.

“Todos envejecemos en forma distinta, a nivel mental, físico y social. La edad es un continuo, un espectro, pero tendemos a tratarla como algo binario: joven o viejo. Con todos los valores negativos asociados a lo segundo”, dice Ashton Applewhite, estudiosa y activista contra la discriminación etaria.

Para Applewhite, se trata de un fenómeno que se diferencia de otras estigmatizaciones: en principio, estamos discriminando contra nosotros mismos en el futuro. Es una exclusión que se encuentra en un estadío similar a la de género o contra las minorías sexuales, años atrás: todavía hay poca conciencia a nivel social sobre lo que significa y a menudo usamos frases como “no me siento viejo” o “no parece tan viejo”, como algo malo. Applewhite cree que también hay presiones muy poderosas del mercado para generar ansiedad en torno al envejecimiento, porque eso es lo que motoriza la multimillonaria industria anti-age de cremas, cirugías estéticas, etcétera.

En conversación desde Londres con LA NACION revista, la creativa inglesa Cindy Gallop, una referente en denunciar el sexismo y el edadismo del sector publicitario, cree que hay que fomentar una agenda de diversidad en paralelo en todas sus dimensiones: género, raza, discapacidad, edad, preferencias sexuales, etcétera. “Ninguna de estas dimensiones se puede tratar en silo; todas existen en relación a las otras, y debemos atacarlas en simultáneo”, argumenta.

Gallop remarca que las mujeres de más de 50 sufren una suerte de Doble Nelson de la discriminación, por edad y género, “y las mujeres adultas negras pueden agregar el racismo al cóctel”. La creativa cree que las marcas se pierden una fuente de ideas fenomenal cuando incurren en estos “puntos ciegos” en su comunicación por prejuicios. “Hay pocas personas mejor entrenadas para idear estrategias creativas permanentemente y de la nada que madres con hijos pequeños, que tienen que convencer a seres irracionales de que hagan cosas que no quieren hacer todo el tiempo”, ejemplifica.

Los prejuicios asociados a la edad castigan más a las mujeres que a los varones, indica Gallop. En una reciente columna en The New York Times, Margaret Renkl escribe sobre El regalo de la Menopausia: cómo las mujeres adultas se van volviendo invisibles a nivel social. No sucede exactamente lo mismo con los hombres, que luego de los 50 pueden adquirir perfil de Hombres de Estado o CEO (en la tira humorística Dilbert hay un establo de adultos con cabelleras plateadas que se crían para integrar los próximos directorios de la compañía). En publicidad, George Clooney (57) y otros actores de más de 50 son la cara de marcas reconocidas como Nespresso.

En cambio, entre las mujeres adultas los casos son más excepcionales, explica la estratega de marcas de Havas Julia Kaiser. “No podemos seguir haciendo campañas donde nos sorprendemos de que una abuela sabe usar internet, cuando a los 72 Susan Sarandon es arrestada en una protesta contra las políticas migratorias de Donald Trump y Marta Minujín inaugura una muestra de pintura erótica a sus 75”. Tal vez el caso más paradigmático de esta contratendencia sea el de la empresaria y decoradora estadounidense Iris Apfel, ícono de la moda y cara global de dos marcas, con 97 años cumplidos el 29 de agosto pasado.

Entonces, ¿ qué hacer?

“Todos estos estereotipos tienen un impacto enorme en las decisiones personales, los comportamientos sociales y las políticas públicas (dice Inés Castro Almeyra). Mucho más de lo que pensamos”.

¿Qué hacer para empezar a mover este statu quo? Por lo pronto, enriquecer esta conversación lleva a visibilizar el problema, y ya es un primer paso. “Francia fue un país que de antemano previó que su población iba a envejecer antes que las de otras naciones de Europa, y dio la discusión a tiempo”, señala la socióloga Mercedes Jones; “hay mucho para aprender de ellos”.

Y por supuesto, aprender de Oriente, que respeta a las personas adultas: el edadismo es un problema más grave en Occidente. En el documental La guerra de Vietnam, de Ken Burns y Lynn Novick (está en Netflix), se cuenta cómo Ho Chi Minh, el líder de Vietnam del Norte, se dejaba la barba canosa a propósito para lograr adhesión en su base.

Habrá que debatir nuevas políticas públicas para cuando la Argentina agote su bono demográfico, el momento en el que la población que trabaja pasa a ser menor que la dependiente. Esto ocurrirá a principios de la década de 2030, según el cálculo del economista experto en demografía José Fanelli. “Entre otras medidas, se deberá pensar en instancias educativas a gran escala para la mediana edad, tan importantes como las que hay ahora para los sub-25”, opina Gustavo Nusenovich, un empresario que incuba y mentorea distintos proyectos tecnológicos. A nivel corporativo, fomentar los equipos intergeneracionales y más porosidad para tomar empleados 50+, como ya están haciendo explícitamente compañías como Dow y Accenture, entre otras.

Sosa Escudero, de 52 años y agenda desbordada, tiene en su escritorio de la Udesa, donde da clases, una taza con una de sus frases preferidas: Too old to party, too young to die (demasiado viejo para ir de fiesta, demasiado joven para morir). Una humorada relativa a este segmento etario que se prepara, de manera silenciosa e inesperada, para dar la próxima batalla inclusiva.

En Japón, el país “más adulto” del mundo, ya se venden más pañales para adultos que para bebés. Si bien la nación oriental puede ser un ejemplo extremo, es una realidad que en 2020 habrá a nivel global 1000 millones de personas de más de 65 años y hacia 2050, el doble.

Estos datos sirven como estímulo para mirar de cerca un desafío que para el economista Sebastián Campanario es un desafío mayor que la automatización y que, sin embargo, suele subestimarse: la integración de los mayores de 50.

“A veces cuando se habla del futuro hay una sobrerrepresentación de temas tecnológicos y una subrrepresentación de temas más humanos”, dijo en su exposición durante el evento Negocios del futuro Campanario, que además es columnista de LA NACION y autor del libro Revolución senior (Sudamericana).

Explicó que, globalmente, los mayores de 50 tienen una capacidad de compra de US$15 billones y que, aun así, ni siquiera las marcas los miran con detenimiento. “Siguen hablando de los mayores de 50 como si fueran la misma categoría”, apuntó.

La misma desestimación se observa en el mundo del trabajo: en el mercado laboral argentino, el 80% de las búsquedas laborales están bloqueadas para mayores de 45 años. Para Campanario, hay gimnasia que tenemos para detectar temas sensibles relacionados con el género no está tan presente para la discriminación etaria.

El economista mencionó una serie de prejuicios vinculados a la edad que no se concretan en la realidad: mientras se asocia la adultez a una etapa de tristeza, estadísticas demuestran que la curva de felicidad mejora a partir de los 50.

“También estamos acostumbrados a contar la historia de jóvenes genios creativos, pero si ves estadísticas te das cuenta que el promedio de edad para crear una startup exitosa en Silicon Valley es de 42 años”, agregó. ¿Qué se puede hacer, entonces? “Visibilizar a ese segmento de la población, cambiar el mindset, hablar de una nueva diversidad”, señaló Campanario.

“Cumplir años es obligatorio; envejecer es opcional”: el aforismo de una gran diva argentina (ella: 79 años asumidos) resume un mantra muy actual. Mientras la expectativa de vida se estira cada vez más se impone una pregunta de época: ¿cómo sacar partido de estas existencias más longevas? Y si la conquista del orgullo gay, gordo, negro o de cualquier otra minoría fue el cambio social más revolucionario de nuestro tiempo me animo a pronosticar: se viene el orgullo senior.

La publicación de Elogio de la experiencia, el nuevo libro del periodista escocés-canadiense Carl Honoré.

“El culto a la juventud es una de las obsesiones más recurrentes de nuestra sociedad”, escribe Honoré: “Se da la paradoja de que hoy en día, cuando alcanzamos cotas de longevidad antes impensables y con una alta calidad de vida, hacerse mayor, antaño sinónimo de respetabilidad y experiencia, ha adquirido valores peyorativos”. En trescientas páginas de testimonios inspiradores, más cerca del periodismo de fenómenos que de la literatura de autoayuda, Honoré registra los primeros pasos de lo que será un gran movimiento: considerar el envejecimiento un privilegio en lugar de un castigo. La revolución de la longevidad necesita un estímulo individual (abandonar las ideas sombrías sobre el paso del tiempo) y un cambio colectivo: llegará el día en que decir “¡viejo de mierda!” será tan inaceptable como insultar a alguien por una limitación física o una creencia religiosa.

Cumplir años dignifica (si no sucede, entonces sí preocúpese: usted está muerto). Las revistas dicen que “los 60 son los nuevos 40” como si llegar a los 60 fuera algo que se debería evitar y no algo a lo que aspirar. Mientras la medicina siga avanzando, pasaremos más tiempo de nuestras vidas siendo viejos que jóvenes. Pero alégrese porque, como dice una experta en gerontología en el inspirador Elogio de la experiencia, “lo bueno del asunto es que nunca hubo una época mejor para ser un adulto de edad avanzada”.

El libro Revolución Senior, donde Sebastián Campanario explora el novedoso auge de la generación +45, anticipan el próximo derecho a ganar: una reivindicación de los valores de la madurez.

Resiliencia, tolerancia al estrés y flexibilidad, las capacidades requeridas en trabajo del futuro

De hecho, en una reciente encuesta llevada a nivel global por IPSOS para el propio Foro Económico Global entre 12.000 personas con trabajo estable en 27 países diferentes, el 54% está preocupado de perder su fuente laboral. En la misma, se les pregunta si podrían aprender y desarrollar las habilidades requeridas para el nuevo escenario y dos de cada tres consideran que sí es posible. Es decir, que pasan del pesimismo por perder su trabajo al optimismo por poder incorporar las herramientas para poder enfrentar el nuevo escenario.

Y este optimismo tiene una base de sustentación no menor: si bien se proyecta que para el año 2025 (ya llegamos al 2025) sean eliminados 85 millones de puestos de trabajo -noticia por demás preocupante- también se estima que puedan emerger 97 millones de nuevas oportunidades. Es decir, como ha sucedido en cada una de las revoluciones industriales, el número neto es de mayor cantidad de empleos que se generen que el que se destruyan (en este caso, 12 millones). El gran tema es qué cantidad de los 85 millones que terminen impactados negativamente tendrán la capacidad de reinventarse para ocupar alguna de las 97 millones de oportunidades que se presenten. No es un desplazamiento inmediato de un lado a otro y es precisamente ahí donde se plantea el gran desafío. Anticiparse a ese momento y poder llegar a ser parte de todos aquellos que tengan posibilidades de seguir perteneciendo al siempre atractivo grupo de los demandados, de los solicitados para ocupar esos puestos.

Un dato clave que nos brinda el citado reporte es una ratificación de algo que se venía afirmando desde hace tiempo, pero no por ello menos importante.

La mitad de los empleados deberán volver a educarse (reskilling) en los próximos 4 años, a medida que aumente la adopción de las nuevas tecnologías y el impacto de la pandemia siga generando consecuencias. Ello implica que uno de cada dos personas que están en puestos laborales, rápidamente tendrán que adquirir nuevas competencias para poder seguir teniendo espacio y no quedarse marginados. El tiempo que demandará esa recalificación rondará los 6 meses aproximadamente, aunque en ciertos sectores como el cuidado de la salud los períodos podrían ser más largos. Las actividades y profesiones más diversas -desde los cajeros de supermercados hasta los docentes- tendrán que reconvertirse rápidamente para no quedar marginados en el nuevo escenario.